“CENICIENTA” Y LOS EXORCISTA

Hay veces que la vida me sorprende cuando menos lo espero. Ahí estoy, en la horripilante calle Iturbide, Colonia Centro, en el revuelto corazón del Distrito Federal. Justo enfrente del Palacio Chino, descubro que Fernando –una especie de erudito posmoderno en Boccaccio, Dante y Petrarca, que habla italiano como si su mamá hubiera sido Caterina Sforza– calza unos míticos y originales tenis Decatlón CANADA (así, con mayúsculas y sin acento).

¿Cómo diablos es posible que alguien abocado a la vida académica, ajeno a la locura vintage de la tribu fashion y menor de 35 años sea el dueño de esas piezas de colección? Y por si fuera poco ¡tiene el descaro de ponérselas!, en vez de guardarlas en una vitrina o donarlas al Museo del Calzado El Borcegui. La historia de esos tenis, que insisto, merecen el calificativo de legendarios, es igual de sorprendente que el hecho de verlos en pleno 2013, en buen estado, y engalanando los pies de un personaje que, al contarme cómo llegaron a él, me deja con la mandíbula en la banqueta.

Resulta que entre 1973 y 1976, el papá de Fernando se fue de compras a CANADA, la todopoderosa cadena de zapaterías, no el país; para ser exactos, acudió a la sucursal de Portales, en la Ciudad de México. Pues bien, al entrar en la tienda, se topó con unos tenis que llamaron su atención. Se trataba de un lanzamiento de temporada: Decatlón. Ni tardo ni perezoso, el señor desembolsó 90 pesotes y se hizo acreedor de un diseño que, no tardó en comprobar, tenía una calidad extraordinaria.

Tanto le gustaron los dichosos tenis que se compró dos pares más y, en un arranque de optimismo futurista (algo muy de los jóvenes setenteros), adquirió no uno ni dos, sino ¡tres modelos para su futuro hijo!, de quien no tenía la más pálida idea cuándo haría su triunfal arribo al Planeta Tierra. Eso sí, el señor tuvo el buen tino de comprárselos en una talla lo suficientemente grande para que su vástago no los destrozara en la primaria, y pudiera usarlos durante su paso por la secundaria o la prepa.

Dos de aquellos pares, supongo, se desintegraron con el uso cotidiano, pero el sobreviviente es una reliquia de aquella época, en la cual, muchos chavitos clasemedieros que nacimos en los años 70, incluso un poquito antes o después, comenzamos a entender qué era la moda. En la década de los 70 y 80, si no se tenía mucho dinero, la opción para conseguir un par de zapatos aguantadores y con onda era CANADA; por algo una de sus frases publicitarias era: “Muchos pasos, pocos pesos”. Otro slogan de la marca, que ahora calificaríamos de eco friendly es el siguiente: “No contamine, ¡camine!”, usado para promocionar las botas Ringo.

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Yo iba, en compañía de mi mamá, a una sucursal bastante gacha, la de Mixcoac, que la verdad no me gustaba nadita, pero por alguna jugarreta de la memoria, ahora la recuerdo con menos antipatía, llena de buenos recuerdos y momentos pueriles en los que fui descubriendo qué tan lejos me podían llevar unos zapatos, quizá tanto como las zapatillas de cristal a “La Cenicienta”. Ahí estaban, diseminados en escaparates tan caóticos como mis actuales conexiones mentales, los modelos Beautiful People (para niñas), los rudísimos Tauro Rapaz, los contestatarios Punk, los horrendos Chestercito, los cómodos Vagabound y mis favoritos, ¡los Exorcista!

A principio de los años 90 apareció la ya mítica colección Perestroika, con la que me di vuelo. Recuerdo que adquirí varios pares, diseñados con una estética que se debatía entre lo industrial y lo darketo. Me fascinaban, aunque ya para aquel entonces usar zapatos CANADA se estaba convirtiendo en un acto de resistencia del cual, por mi propio bien, debía alejarme. Poco después, en 2002, el sello tapatío, que durante muchos años fue considerado el emporio de calzado más importante de América Latina, fundado en 1940 por Salvador López Chávez, cambió de manos. Abatida por la falta de recursos y la negativa de las instituciones financieras para otorgarle créditos, la cadena –que había logrado establecer más de 250 puntos de comercialización en el territorio nacional– fue vendida a Coppel, firma sinaloense dedicada a la venta a crédito de ropa, muebles y enseres domésticos.

En 2006, el artista Ramiro Chávez rescató uno de los anuncios luminosos más célebres de CANADA, que durante lustros decoró el edificio Ermita (arquitecto Juan Segura), para reubicarlo escultóricamente durante unos meses en la azotea del Museo de Arte Carrillo Gil. Obviamente, fui a ver la obra y, desde aquel entonces, no había vuelto a sentir esa mezcla de nostalgia, infancia perdida y ganas de comer chocolates Carlos V que me invadió al ver los Decatlón de Fernando, esos tenis que, a cada paso, parecían decirme que nadie puede cambiar su pasado, pero todo el mundo puede contarlo como se le dé la gana. 

Recuerda que me puedes enviar todas tus dudas a @couturebernie

Foto: Disney

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